III
El equipo que se preparaba para semejante hazaña había sido retratado con sus amplios trajes blancos y sus reflectivos y circulares cascos por varios diarios norteamericanos. La curiosidad y el asombro por un propósito como este se extendió con tanta facilidad por el mundo, que como en otros lugares, las voces a favor y en contra se hicieron comunes. La noticia dividió al convento de las Bernardas entre las que oraban porque lo lograran, y aquellas, que pedían por una reconsideración de último minuto de los astronautas, una repentina y generalizada diarrea en todo el equipo, o, aunque sea, un largo y pesado sueño de los tripulantes que les impidiera llegar a tiempo al lanzamiento.
No solo tenían en contra un mundo dividido sino un alto número de contradictorias plegarias que mantenían a Dios indeciso.
Las más joven de las hermanas, había recortado la foto de un diario en la que tres personas con sus bombachas vestimentas sonreían y caminaban por un pasillo mientras llevaban en sus manos unas maletas blancas que se conectaban a su ropa. Estaba segura de que bastaría con esta imagen para llegar a donde ellos estaban.
Una vez en su sitio de recogimiento, silencio y soledad, miró su recorte con detenimiento y logró ver detrás de los tres hombres una puerta con un letrero incrustado en el centro. Se arrodilló entonces, cerró los ojos y recordando la imagen de esta puerta, susurró: quiero estar allá, quiero estar allá, quiero estar allá, quiero.
Una brisa fría le acarició la frente. Con sutileza fue soltando sus manos entrecruzadas, a la vez que relajaba sus párpados. Cuando todo fue luz, se vio arrodillada frente a un sanitario, escuchó una descarga de agua a su lado y la voz de hombre que desde afuera gritó: Hey Neil, See you on the platform of the ship.
Okay, respondió otra voz desde el sanitario contiguo.
Pequeños escalofríos rompieron la rigidez que la asaltaba. Cuando solicitó la clausura, tan sólo había imaginado que llegaba al lugar, como un sueño consciente en el que una y otra vez se repite y se cambia toda la escena, hasta que es perfecta. Ésta no lo era.
Lo primero que se le ocurrió, entonces, fue provocar tos en su vecino de sanitario. Cof Cof. Miró por debajo de la división y reconoció una parte del traje y mas cerca de ella unos zapatos igualmente grandes y blancos.
¡Es uno de los astronautas!, pensó de inmediato.
Con la decisión que un león persigue a su presa, se levantó del suelo, tomó la pesada tapa del sanitario, salió de baño y se paró frente a la puerta de Neil, abrió ligeramente sus piernas, balanceó la tapa del sanitario entre ellas y contó mentalmente: uno, dos, se agachó un poco y con un decidido envión, la aventó por encima de la puerta que tenía en frente.
Un crujido seco sonó del otro lado. Con lentitud empujó la puerta y ahí estaba Neil, desvanecido y semidesnudo con el traje en sus tobillos. Sin perder tiempo, tomó la falda de su hábito y la haló con fuerza hacía arriba, la palidez y firmeza de su piel expuesta produjo un resplandor tal, que hasta las divisiones de las baldosas brillaron como diamantes; así como estaba, como la mismísima Eva, tomó con rapidez el traje de Neil y se metió en él.
Recogió el casco del suelo, se lo ajustó y salió del baño. Dos compañeros vestidos de la misma manera la esperaban un poco más adelante por aquel corredor solitario. Al verla, levantaron la mano y le hicieron señas para que los acompañara. Decidida caminó en dirección a ellos escuchando solo el ritmo de su respiración agitada.
Le preguntaron algo que no logró entender. A todo respondió alzando la mano y con el pulgar señalando hacia arriba. Entraron en la nave, uno de sus compañeros le señaló su puesto y de nuevo algo le preguntó: Pulgar arriba, todo bien. Se sentó en su puesto, imitó a sus compañeros y se ajustó todos los cinturones. Espero unos minutos y escuchó ahora dentro de su casco: five, four, three, two, one, ignition. Todo se sacudió sin control. Cerró los ojos y esperó las dos horas, cuarenta y cuatro minutos y dieciséis segundos que se sacudió su mundo sin control ni sentido.
Apareció luego la calma. Abrió de nuevo sus ojos y vio que ninguno de los tripulantes estaba en su asiento. Sus compañeros se acercaron y le hablaron, y ella de nuevo: pulgar arriba, ¿o abajo?, ¿o al lado?, los ojos le temblaron dentro de sus orbitas y buscando aferrarse de algo firme recorrió un variado número de palancas, botones y manijas. A destiempo, brillaban ahora a su alrededor bombillos de diferentes colores. Uno de sus compañeros como estuvieran dentro de un viscoso río, la tomó con dificultad del hombro y la sacudió muy despacio. Ella lo miró y sin pensarlo demasiado, cerró de nuevo sus ojos y le provocó, en esta oportunidad, el beso más lejano del mundo. Ambos astronautas no pudieron evitarlo. Desde Houston, alarmados con ese raro sonido les preguntaron: What are you doing? Are you okay!! No había forma de responder, seguían mamando del aire.
Una sacudida, dos sacudidas, sus compañeros se ajustan de nuevo los cinturones. Ella sigue aferrada a su silla. La nave se aproxima cada vez más a una superficie. Hold, uish, on, uish, dice uno de ellos sin dejar de besar el aire dentro su casco. Una pequeña sacudida de nuevo y ahí todo se detiene. El silencio es tal que sin ningún esfuerzo logra escuchar los pensamientos de sus compañeros. No entiende nada, pero los escucha. Con la mayor rapidez posible de desengancha de su silla, se levanta y dando ligeros saltos llega hasta la puerta por donde entraron. Toma la primera palanca que ve, la hala y se abre ante ella la inmensidad de la noche. Salta con suavidad el escalón que la separa del piso, pero siente como si se aventara desde la cúpula de la Basílica de Santa María.
Cientos de miles de kilómetros más allá, o más acá, el cardenal Wojtyla se dispone a dormir. Ya acomodado en su cama y en el momento que cierra sus ojos escucha dentro su cabeza una voz suave que le dice: congratulazioni per il tuo compleanno, Eminence.
