Con el tiempo y por accidente, la más joven de ellas descubrió que también, a voluntad, podía desencadenar movimientos en las demás. Nada de acrobacias complejas, tan sólo, provocar reflejos.
Aquella primera vez, a poco de iniciar laudes, un estruendoso hipo la sacudió de repente al finalizar la alabanza. Mientras coreaba con todas las hermanas: Alabaré, alabaré, alabaré, alabaré, Aaalabaré a mi señor, subió desde el centro de su pecho, justo debajo de su esternón y con gran potencia un sonoro, ¡HIP!
Contuvo de inmediato la respiración, llevó las manos hacia su boca y con los ojos como dos signos de exclamación miró a la Madre Mayor. HIP! Se sacudió, ahora, ella. Con gesto de desaprobación y sin poder contener un nuevo aire que crecía desde su garganta, la Madre Mayor giró su cabeza hacía la ventana. La más callada de todas, que solía disfrutar de la alabanza sintiendo el aire fresco mientras tarareaba las melodías en su mente, abrió los ojos con sorpresa. Posó una mano sobre su abdomen y la otra encima de su boca a la vez que se inclinó sobre sus talones y, con un pequeño brinco, levantó y bajo las puntas de los pies. Dirigió, entonces, su mirada hacia el árbol que solía dar sombra al salón de reuniones en las mañanas. Un petirrojo inmóvil que se encontraba en una de las ramas que miraba hacia el convento, hinchó su pecho con violencia y emprendió un vuelo errante. Todas fueron testigos del repentino movimiento del ave, y como en la época dorada del Coro Alto de las Siervas, finalizaron la alabanza con dos sincronizados: ¡HIP! ¡HIP!
Luego de esta revelación, se hizo frecuente el tic cómplice del ojo derecho de la hermana Magdalena, mientras leía las escrituras por las mañanas, y que provocaba risas en el convento; las piernas sin control bajo la mesa a la hora de la cena, que terminaban, la mayoría de la veces, chocando contra las pantorrillas de la Madre Mayor; el cierre repentino y simultáneo de las manos de 20 hermanas luego de agradecer por los alimentos que, por unos segundos, les impedía tomar los cubiertos; y el que más le divertía, las boca de todas moviendo sus labios al unísono como si bebieran de pechos invisibles en medio de la oración central de la misa de la tarde. Lo llamaba para sí misma, el beso más grande del mundo.
La más callada, aunque no lo dijera, ni sonriera, se divertía por igual.
Con el paso de los días, solicitó a la Madre Mayor una clausura monástica para orar con fervor por los comportamientos extraños que sucedían en el convento. Un demonio juguetón y burlón nos acecha, Madre. Necesitaba estar sola para pensar con claridad: ¿cómo lograr que el hombre pisara la luna como lo deseaba su Eminencia?
