¡Que los cumpla feliz, que los vuelva a cumplir, que los siiiiga cumpliendo, hasta el año diez mil!... 10, 20 30, 40, 49.
Los Obispos sonríen, se miran y aplauden a destiempo. Las monjas, un poco más atrás, con el gesto duro y frío que asumieron desde su confinación voluntaria en el Convento de las Bernardas, aplauden a un ritmo constante y unísono.
La más joven de ellas, se desliza hacia el centro de la celebración y se acerca al cardenal Wojtyla. El estruendo de los aplausos no le permite escuchar con claridad los pensamientos de su Eminencia por lo que se acerca un poco más. En ese momento Wojtyla se inclina, inhala con lentitud, cierra los ojos, contiene unos segundos el aliento y a la par que suelta una bocanada de aire, pronuncia mentalmente su deseo: Que el hombre llegue a la luna.
Sorprendida con lo que acaba de escuchar regresa con las hermanas Bernardas. No comprende el deseo de su Eminencia, pero se compromete a ayudar a lograrlo. ¡Es el deseo de un niño!, piensa.
Dos años atrás, una tímida tos se fue haciendo espacio en su cama al despertar, cof. Luego, antes de dormir, cof, cof. Después, con mayor intensidad, se tomó gran parte de su pecho y se apropió de un lado de su garganta, cof, cof, cof. Una vez extendida por todo su tórax, el insomnio se acercó cada noche a su cama, llevó almohadas y sábanas a su cabecera para que ella las estrangulara y buscara acallar con pasión lo que rugía por dentro, cof, cof, cof, cof.
Por aquellas noches, el otrora silencioso convento, soportaba ahora una dura batalla: de un lado, un grupo de hermanas susurraban con fuerza en sus oscuros aposentos: Renuncia Satanás que conmigo no contarás, porque el día de la santa cruz, dije mil veces..., mientras la más joven de ellas, respondía, cof, cof, cof, cof, cof, cof, cof…
Lo intentaron todo, el Credo Apostolorum combinado con paños tibios ungidos en agua bendita y nasturtium officinale; dosis doble en las madrugadas de Regna terrae cantata Deo psallite Cernunnos (aquella oración que se prohibía memorizar), con bergamota de chile macerada y sapatinhos de nossa senhora en agua de rosas que le daban de beber; baños con aceite de jazmín e infusión de jengibre y arándanos al caer las tardes.
Al cabo de un mes, sus párpados caídos, su piel blanquecina, rucia, y su caminar encorvado y compungido la hicieron la más superiora de las Madres. Los efectos del insomnio no le permitían distinguir las voces cercanas de las lejanas, las familiares de las desconocidas, ni la propia de las ajenas. Todo eran susurros, hasta sus pensamientos.
Una mañana, las más callada de las hermanas, al ver que los murmullos y el parpadeo constante no cesaba entre cada contracción del pecho de la más joven, decidió, que una vez iniciara el Deus in adiutorium meum intende, con una lampara en mano recorrería el saguán secundario, tomaría las escaleras estrechas que se descuelgan por la parte izquierda hacia la boveda principal; una vez allí, levantaría la pesada puerta de madera, ayudada con una cuerda, primero, bajaría despacio la lampara para evitar que un fuerte viento la dejara a ciegas, luego, saltaría sobre el lugar que pareciera menos lodoso; guiada por el sonido del desagüe, llegaría hasta el borde del canal, y desde allí, seguiría la corriente sin detenerse hasta que se encontrara cubierta por árboles tan altos que le impidieran saber la ubicación de la luna. Sabría, entonces, que entre frondosos arbustos y cerca de los rastros de paja, debería rebuscar hacia el suelo y agudizar su mirada para hallar aquellas hojas grandes de textura corrugada como piel de anciano. No sería sencillo extraer completas y de un solo tirón aquellas raices con forma de bebé; según el recetario de la Escuela de Salerno Antidotarium Nicolai, la manera correcta de mantener palpitante las extremidades de la mandrágora, era, cubir la mano con una tela limpia, envolver todas la hojas con un giro en el sentido del reloj, apretar con firmeza el conjunto de tallos, y halar, a la vez que con la fuerza de una angustia desmedida, se dijera: Meus es tu.
La noche siguiente, luego de embeber aquella regordeta y dormilona raíz en infusión de hinojo, la más callada de las hermanas, combinó el agua de rosas con el liquido viscoso resultante y dio, a la más joven de ellas, sorbo a sorbo el pocillo completo que había le servido.
El efecto fue instantáneo. Además de desplazar objetos con la mirada, atravesar muros, y flotar en la dirección que deseara sin hacer ningún ruido, desapareció su insomnio y rejuveneció a tal punto, que, cualquiera que se parara junto a ella, envejecía 10 años e inexplicablemente, empezaba a toser. Esto último se volvió su principal alivio.
Continuará...
El efecto fue instantáneo. Además de desplazar objetos con la mirada, atravesar muros, y flotar en la dirección que deseara sin hacer ningún ruido, desapareció su insomnio y rejuveneció a tal punto, que, cualquiera que se parara junto a ella, envejecía 10 años e inexplicablemente, empezaba a toser. Esto último se volvió su principal alivio.
Continuará...