sábado, 30 de mayo de 2020

Deseo de cumpleaños (cuento). Final

III

El equipo que se preparaba para semejante hazaña había sido retratado con sus amplios trajes blancos y sus reflectivos y circulares cascos por varios diarios norteamericanos. La curiosidad y el asombro por un propósito como este se extendió con tanta facilidad por el mundo, que como en otros lugares, las voces a favor y en contra se hicieron comunes. La noticia dividió al convento de las Bernardas entre las que oraban porque lo lograran, y aquellas, que pedían por una reconsideración de último minuto de los astronautas, una repentina y generalizada diarrea en todo el equipo, o, aunque sea, un largo y pesado sueño de los tripulantes que les impidiera llegar a tiempo al lanzamiento. 

No solo tenían en contra un mundo dividido sino un alto número de contradictorias plegarias que mantenían a Dios indeciso.

Las más joven de las hermanas, había recortado la foto de un diario en la que tres personas con sus bombachas vestimentas sonreían y caminaban por un pasillo mientras llevaban en sus manos unas maletas blancas que se conectaban a su ropa. Estaba segura de que bastaría con esta imagen para llegar a donde ellos estaban.

Una vez en su sitio de recogimiento, silencio y soledad, miró su recorte con detenimiento y logró ver detrás de los tres hombres una puerta con un letrero incrustado en el centro. Se arrodilló entonces, cerró los ojos y recordando la imagen de esta puerta, susurró: quiero estar allá, quiero estar allá, quiero estar allá, quiero

Una brisa fría le acarició la frente. Con sutileza fue soltando sus manos entrecruzadas, a la vez que relajaba sus párpados. Cuando todo fue luz, se vio arrodillada frente a un sanitario, escuchó una descarga de agua a su lado y la voz de hombre que desde afuera gritó: Hey Neil, See you on the platform of the ship

Okay, respondió otra voz desde el sanitario contiguo. 

Pequeños escalofríos rompieron la rigidez que la asaltaba. Cuando solicitó la clausura, tan sólo había imaginado que llegaba al lugar, como un sueño consciente en el que una y otra vez se repite y se cambia toda la escena, hasta que es perfecta. Ésta no lo era.

Lo primero que se le ocurrió, entonces, fue provocar tos en su vecino de sanitario. Cof Cof. Miró por debajo de la división y reconoció una parte del traje y mas cerca de ella unos zapatos igualmente grandes y blancos. 

¡Es uno de los astronautas!, pensó de inmediato. 

Con la decisión que un león persigue a su presa, se levantó del suelo, tomó la pesada tapa del sanitario, salió de baño y se paró frente a la puerta de Neil, abrió ligeramente sus piernas, balanceó la tapa del sanitario entre ellas y contó mentalmente: uno, dos, se agachó un poco y con un decidido envión, la aventó por encima de la puerta que tenía en frente. 

Un crujido seco sonó del otro lado. Con lentitud empujó la puerta y ahí estaba Neil, desvanecido y semidesnudo con el traje en sus tobillos. Sin perder tiempo, tomó la falda de su hábito y la haló con fuerza hacía arriba, la palidez y firmeza de su piel expuesta produjo un resplandor tal, que hasta las divisiones de las baldosas brillaron como diamantes; así como estaba, como la mismísima Eva, tomó con rapidez el traje de Neil y se metió en él.

Recogió el casco del suelo, se lo ajustó y salió del baño. Dos compañeros vestidos de la misma manera la esperaban un poco más adelante por aquel corredor solitario. Al verla, levantaron la mano y le hicieron señas para que los acompañara. Decidida caminó en dirección a ellos escuchando solo el ritmo de su respiración agitada. 

Le preguntaron algo que no logró entender. A todo respondió alzando la mano y con el pulgar señalando hacia arriba. Entraron en la nave, uno de sus compañeros le señaló su puesto y de nuevo algo le preguntó: Pulgar arriba, todo bien. Se sentó en su puesto, imitó a sus compañeros y se ajustó todos los cinturones. Espero unos minutos y escuchó ahora dentro de su casco: five, four, three, two, one, ignition. Todo se sacudió sin control. Cerró los ojos y esperó las dos horas, cuarenta y cuatro minutos y dieciséis segundos que se sacudió su mundo sin control ni sentido. 

Apareció luego la calma. Abrió de nuevo sus ojos y vio que ninguno de los tripulantes estaba en su asiento. Sus compañeros se acercaron y le hablaron, y ella de nuevo: pulgar arriba, ¿o abajo?, ¿o al lado?, los ojos le temblaron dentro de sus orbitas y buscando aferrarse de algo firme recorrió un variado número de palancas, botones y manijas. A destiempo, brillaban ahora a su alrededor bombillos de diferentes colores. Uno de sus compañeros como estuvieran dentro de un viscoso río, la tomó con dificultad del hombro y la sacudió muy despacio. Ella lo miró y sin pensarlo demasiado, cerró de nuevo sus ojos y le provocó, en esta oportunidad, el beso más lejano del mundo. Ambos astronautas no pudieron evitarlo. Desde Houston, alarmados con ese raro sonido les preguntaron: What are you doing? Are you okay!! No había forma de responder, seguían mamando del aire. 

Una sacudida, dos sacudidas, sus compañeros se ajustan de nuevo los cinturones. Ella sigue aferrada a su silla. La nave se aproxima cada vez más a una superficie. Hold, uish, on, uish, dice uno de ellos sin dejar de besar el aire dentro su casco. Una pequeña sacudida de nuevo y ahí todo se detiene. El silencio es tal que sin ningún esfuerzo logra escuchar los pensamientos de sus compañeros. No entiende nada, pero los escucha. Con la mayor rapidez posible de desengancha de su silla, se levanta y dando ligeros saltos llega hasta la puerta por donde entraron. Toma la primera palanca que ve, la hala y se abre ante ella la inmensidad de la noche. Salta con suavidad el escalón que la separa del piso, pero siente como si se aventara desde la cúpula de la Basílica de Santa María. 

Cientos de miles de kilómetros más allá, o más acá, el cardenal Wojtyla se dispone a dormir. Ya acomodado en su cama y en el momento que cierra sus ojos escucha dentro su cabeza una voz suave que le dice: congratulazioni per il tuo compleanno, Eminence




sábado, 23 de mayo de 2020

Deseo de cumpleaños (cuento). Segunda parte.

Con el tiempo y por accidente, la más joven de ellas descubrió que también, a voluntad, podía desencadenar movimientos en las demás. Nada de acrobacias complejas, tan sólo, provocar reflejos. 

Aquella primera vez, a poco de iniciar laudes, un estruendoso hipo la sacudió de repente al finalizar la alabanza. Mientras coreaba con todas las hermanas: Alabaré, alabaré, alabaré, alabaré, Aaalabaré a mi señor, subió desde el centro de su pecho, justo debajo de su esternón y con gran potencia un sonoro, ¡HIP! 

Contuvo de inmediato la respiración, llevó las manos hacia su boca y con los ojos como dos signos de exclamación miró a la Madre Mayor. HIP! Se sacudió, ahora, ella. Con gesto de desaprobación y sin poder contener un nuevo aire que crecía desde su garganta, la Madre Mayor giró su cabeza hacía la ventana. La más callada de todas, que solía disfrutar de la alabanza sintiendo el aire fresco mientras tarareaba las melodías en su mente, abrió los ojos con sorpresa. Posó una mano sobre su abdomen y la otra encima de su boca a la vez que se inclinó sobre sus talones y, con un pequeño brinco, levantó y bajo las puntas de los pies. Dirigió, entonces, su mirada hacia el árbol que solía dar sombra al salón de reuniones en las mañanas. Un petirrojo inmóvil que se encontraba en una de las ramas que miraba hacia el convento, hinchó su pecho con violencia y emprendió un vuelo errante. Todas fueron testigos del repentino movimiento del ave, y como en la época dorada del Coro Alto de las Siervas, finalizaron la alabanza con dos sincronizados: ¡HIP! ¡HIP!

Luego de esta revelación, se hizo frecuente el tic cómplice del ojo derecho de la hermana Magdalena, mientras leía las escrituras por las mañanas, y que provocaba risas en el convento; las piernas sin control bajo la mesa a la hora de la cena, que terminaban, la mayoría de la veces, chocando contra las pantorrillas de la Madre Mayor; el cierre repentino y simultáneo de las manos de 20 hermanas luego de agradecer por los alimentos que, por unos segundos, les impedía tomar los cubiertos; y el que más le divertía, las boca de todas moviendo sus labios al unísono como si bebieran de pechos invisibles en medio de la oración central de la misa de la tarde. Lo llamaba para sí misma, el beso más grande del mundo. 

La más callada, aunque no lo dijera, ni sonriera, se divertía por igual.

Con el paso de los días, solicitó a la Madre Mayor una clausura monástica para orar con fervor por los comportamientos extraños que sucedían en el convento. Un demonio juguetón y burlón nos acecha, Madre. Necesitaba estar sola para pensar con claridad: ¿cómo lograr que el hombre pisara la luna como lo deseaba su Eminencia? 



Continuará...

viernes, 15 de mayo de 2020

Deseo de cumpleaños (Cuento). Primera parte.

¡Que los cumpla feliz, que los vuelva a cumplir, que los siiiiga cumpliendo, hasta el año diez mil!... 10, 20 30, 40, 49.

Los Obispos sonríen, se miran y aplauden a destiempo. Las monjas, un poco más atrás, con el gesto duro y frío que asumieron desde su confinación voluntaria en el Convento de las Bernardas, aplauden a un ritmo constante y unísono. 

La más joven de ellas, se desliza hacia el centro de la celebración y se acerca al cardenal Wojtyla. El estruendo de los aplausos no le permite escuchar con claridad los pensamientos de su Eminencia por lo que se acerca un poco más. En ese momento Wojtyla se inclina, inhala con lentitud, cierra los ojos, contiene unos segundos el aliento y a la par que suelta una bocanada de aire, pronuncia mentalmente su deseo: Que el hombre llegue a la luna

Sorprendida con lo que acaba de escuchar regresa con las hermanas Bernardas. No comprende el deseo de su Eminencia, pero se compromete a ayudar a lograrlo. ¡Es el deseo de un niño!, piensa.

Dos años atrás, una tímida tos se fue haciendo espacio en su cama al despertar, cof. Luego, antes de dormir, cof, cof. Después, con mayor intensidad, se tomó gran parte de su pecho y se apropió de un lado de su garganta, cof, cof, cof. Una vez extendida por todo su tórax, el insomnio se acercó cada noche a su cama, llevó almohadas y sábanas a su cabecera para que ella las estrangulara y buscara acallar con pasión lo que rugía por dentro, cof, cof, cof, cof. 

Por aquellas noches, el otrora silencioso convento, soportaba ahora una dura batalla: de un lado, un grupo de hermanas susurraban con fuerza en sus oscuros aposentos: Renuncia Satanás que conmigo no contarás, porque el día de la santa cruz, dije mil veces..., mientras la más joven de ellas, respondía, cof, cof, cof, cof, cof, cof, cof… 

Lo intentaron todo, el Credo Apostolorum combinado con paños tibios ungidos en agua bendita y nasturtium officinale; dosis doble en las madrugadas de Regna terrae cantata Deo psallite Cernunnos (aquella oración que se prohibía memorizar), con bergamota de chile macerada y sapatinhos de nossa senhora en agua de rosas que le daban de beber; baños con aceite de jazmín e infusión de jengibre y arándanos al caer las tardes.

Al cabo de un mes, sus párpados caídos, su piel blanquecina, rucia, y su caminar encorvado y compungido la hicieron la más superiora de las Madres. Los efectos del insomnio no le permitían distinguir las voces cercanas de las lejanas, las familiares de las desconocidas, ni la propia de las ajenas. Todo eran susurros, hasta sus pensamientos. 

Una mañana, las más callada de las hermanas, al ver que los murmullos y el parpadeo constante no cesaba entre cada contracción del pecho de la más joven, decidió, que una vez iniciara el Deus in adiutorium meum intende, con una lampara en mano recorrería el saguán secundario, tomaría las escaleras estrechas que se descuelgan por la parte izquierda hacia la boveda principal; una vez allí, levantaría la pesada puerta de madera, ayudada con una cuerda, primero, bajaría despacio la lampara para evitar que un fuerte viento la dejara a ciegas, luego, saltaría sobre el lugar que pareciera menos lodoso; guiada por el sonido del desagüe, llegaría hasta el borde del canal, y desde allí, seguiría la corriente sin detenerse hasta que se encontrara cubierta por árboles tan altos que le impidieran saber la ubicación de la luna. Sabría, entonces, que entre frondosos arbustos y cerca de los rastros de paja, debería rebuscar hacia el suelo y agudizar su mirada para hallar aquellas hojas grandes de textura corrugada como piel de anciano. No sería sencillo extraer completas y de un solo tirón aquellas raices con forma de bebé; según el recetario de la Escuela de Salerno Antidotarium Nicolai, la manera correcta de mantener palpitante las extremidades de la mandrágora, era, cubir la mano con una tela limpia, envolver todas la hojas con un giro en el sentido del reloj, apretar con firmeza el conjunto de tallos, y halar, a la vez que con la fuerza de una angustia desmedida, se dijera: Meus es tu.  

La noche siguiente, luego de embeber aquella regordeta y dormilona raíz en infusión de hinojo, la más callada de las hermanas, combinó el agua de rosas con el liquido viscoso resultante y dio, a la más joven de ellas, sorbo a sorbo el pocillo completo que había le servido.

El efecto fue instantáneo. Además de desplazar objetos con la mirada, atravesar muros, y flotar en la dirección que deseara sin hacer ningún ruido, desapareció su insomnio y rejuveneció a tal punto, que, cualquiera que se parara junto a ella, envejecía 10 años e inexplicablemente, empezaba a toser. Esto último se volvió su principal alivio.

Continuará...